Topic 4 La escalera de participación

 

Como se viene comentando a lo largo de todo este capítulo, el concepto de participación es un concepto polisémico que está sujeto a múltiples interpretaciones mediadas por intereses, por posiciones de poder, por ideología, por los valores, por la posición social, por la posición dentro de las estructuras administrativas y organizacionales, etc.

El uso o sobreuso que se hace del concepto es, por tanto, variado; y su intensidad, profundidad o radicalidad pierden contenido en la medida que la participación sea entendida más como instrumento para legitimar o acomodarse en las posiciones de poder (es decir, para conseguir los propios fines), o puede ganar intensidad, profundidad y radicalidad si se considera como un proceso, donde lo significativo es el proceso mismo, la propia participación entendida como un objetivo en sí y no como un instrumento para alcanzar fines particulares sino públicos.

Se presentan, en consecuencia, múltiples contingencias, diversas formas de entender el desarrollo de la participación según el grado de intensidad de comunicación relacional entre las diferentes partes.

Para conocer los diferentes niveles de participación que existen (teniendo en cuenta los dos enfoques predominantes de participación, una más instrumental, otra más sustantiva o de “abajo a arriba”), os proponemos utilizar una herramienta que ha sido empleada por diferentes agentes y entidades, y que está basada en la propuesta elaborada en 1969 por Sherry Arnstein y expuesta en el artículo “A Ladder of citizen participation”.

A partir de la escalera de la participación de Arnstein, Roger Hart desarrolló una propuesta de escalera con ocho peldaños o niveles que permiten ubicar los procesos de participación: siendo a partir del cuarto nivel donde se considera que se inicia la participación auténtica.

En esta escalera, vemos que lo que determina realmente la participación de la gente, es el grado de decisión que tienen en el proceso. Y nos indica cómo es posible pasar gradualmente de una pasividad casi completa (ser beneficiario) al control de su propio proceso (ser actor del autodesarrollo). Esto es válido tanto en las relaciones entre los miembros de una comunidad con las administraciones públicas, como dentro de las organizaciones sociales.