Tema 4 El rol de las personas técnicas en la facilitación y el trabajo con grupos

Como personas facilitadoras de la participación y los procesos grupales es fundamental que reflexionemos sobre nuestro rol, las estrategias y actitudes que se han de poner en marcha. Una determinada forma de facilitar el trabajo grupal puede conducir hacia procesos de empoderamiento y autonomía mientras otras prácticas pueden generar cierta dependencia e incluso la desmotivación del grupo.

A continuación se muestran algunas ideas generales sobre las funciones posibles de la facilitación grupal:

Funciones de la persona facilitadora de procesos de participación grupal:

  • Facilitar (recursos, información, técnicas, procesos) y acompañar (caminar junto a para servir de apoyo).
  • Estimular el proceso (motivar, ayudar a escoger la dirección).
  • Mediar, intermediar (en conflictos intragrupales o con las instituciones).
  • Informar y asesorar (proveer información, asesorar sobre posibles recursos, técnicas, contactos).
  • Propiciar la autonomía de los procesos.
  • Repartir responsabilidades, roles y tareas.
  • Asegurar la participación de todas las personas del grupo.

Así mismo, hay algunas actitudes y roles que sería conveniente evitar:

  • Guiar (escoger la dirección).
  • Tomas decisiones (siempre ha de ser el grupo quien las tome, sólo se debe poner las herramientas y el clima para que eso se dé).
  • Ser directivos/as.
  • Escoger los temas a tratar.
  • Poner las normas del grupo.

Como se ha visto al hablar de la vida de los grupos, los procesos de los mismos son graduales y, por tanto, los roles de las personas facilitadoras también han de serlo. Esto quiere decir que un grupo en su fase inicial tendrá poca capacidad de autonomía, eficacia y capacidad para gestionar conflictos. Es por ello que el rol de los técnicos/as será más directivo y propositivo inicialmente, se asumirán más tareas de organización, mediación etc., para ir dando mayor autonomía y capacidad de gestión al propio grupo a medida que avance su propio proceso.

A continuación se dan algunas orientaciones sobre el rol del técnico en función del momento en que se encuentra el grupo.

  • Durante la etapa bebé la persona formadora ha de favorecer el conocimiento mutuo entre las personas participantes. Es muy importante contarles qué se espera de ellas y de su participación en el grupo y cómo está previsto el desarrollo del proceso, en cuanto a actividades, objetivos, etc.

Otro aspecto clave en el momento inicial es tantear las expectativas que las diferentes personas participantes tienen sobre su participación en el grupo, ver qué esperan cada uno/a de ellos/as, ponerlo en común, para que todo el grupo las conozca y desde la facilitación se pueda llevar a cabo un ajuste de expectativas. El desajuste de expectativas puede ser un motivo de frustración y abandono de las personas participantes.

En esta etapa también es importante crear un buen clima y estar muy atentos/as a las posibles dificultades de inclusión de algunas personas para poder generar mecanismos correctores y superadores, así como atender las distintas velocidades.

La persona facilitadora en esta etapa tiene un rol más directivo y propositivo, guía al grupo en gran medida y resuelve conflictos y situaciones.

  • En la etapa infantil el personal técnico continúa teniendo un papel central. Ahora es muy importante observar las interacciones entre las personas, establecer dinámicas de cooperación, profundizar en el conocimiento de las personas integrantes. En esta fase pueden empezar a destacar algunos roles, que es importante identificar para potenciarlos y distribuirlos, favoreciendo roles y liderazgos múltiples. La comunicación del grupo aún es incompleta. Hay que trabajar con él para darle herramientas de trabajo, deliberación, toma de decisiones, resolución de conflictos, etc. Hay que continuar favoreciendo la confianza y la fluidez grupal así como generar un clima de seguridad para todo el mundo.
  • En la etapa adolescente, dado que se suele producir una explosión afectiva, una de las labores claves será reorientar al grupo hacia la tarea, para que no quede olvidada y relegada a un segundo plano. También hay que estar especialmente atentos/as a aquellas personas que puedan estar quedando en la periferia del grupo. Así, hay que intentar plantear dinámicas que permitan ganar eficacia y profundizar en las habilidades que se han ido trabajando en las etapas anteriores y desarrollar otras nuevas.

En caso de conflictos, es momento de favorecer la cooperación grupal para resolverlos y responsabilizar a las personas para buscar soluciones, escogiendo con cuidado si es mejor mantener alguna reunión al margen o abordarlo en el gran grupo.

El papel de las personas facilitadoras debe ir diluyéndose un poco, pasar a roles menos directivos o propositivos, centrándose en aquellos elementos más complejos o conflictivos. Es hora de que el grupo vaya adquiriendo mayor autonomía y que vaya marcando su propio trabajo y la organización del mismo.

  • En la etapa de madurez es el momento en que los/as técnicos/as deben introducir una mayor complejidad en los análisis y temas, tareas más difíciles, evaluaciones más complejas e intentar hacer avanzar al grupo hacia una mayor autonomía y eficacia, consolidando los aprendizajes y visibilizándolos, apoyando la labor de las personas o comisiones que hayan asumido tareas, haciendo las preguntas pertinentes que permitan al grupo consolidar su madurez. Es decir, se pierde parte de la centralidad y visibilidad inicial quedando como un apoyo técnico y metodológico para aquellas cuestiones que el grupo no puede resolver por sí mismo.
  • Si se llega al momento de cierre de un grupo o proceso, el papel de las personas técnicas consistiría sobre todo en propiciar espacios de evaluación de calidad y velar por una adecuada expresión emocional de las personas participantes con respecto al cierre del proceso.

Una de las funciones clave de las personas técnicas y en la que cabe profundizar por su relevancia y por su carácter transversal a todo el proceso es la de motivar la participación.

La motivación de los grupos y las personas implicadas en los mismos es un ingrediente esencial sin el cual no podría generarse vinculación de las personas a los procesos ni se conseguiría adherencia a los mismos. Es decir, la motivación es sin duda una de las calves del éxito de un proceso de participación.

A la hora de motivar la participación hay algunos ingredientes que pueden darnos pistas fundamentales:

  1. Trabajar desde los centros de interés de las personas: los temas a trabajar deben ser elegidos en función de las necesidades e intereses de las personas participantes y no de los/as técnicos. Por supuesto las personas facilitadoras pueden identificar carencias del grupo que se deberían trabajar, por ejemplo, habilidades sociales o resolución de conflictos, pero pueden trabajarse dentro de los grandes bloques temáticos que elijan las propias personas participantes.
  2. Demostrar que la participación cambia cosas: es importante que las decisiones que tomemos en los grupos sean vinculantes y se ejecuten, así como que se visibilice lo que se ha conseguido. Si la gente siente que su participación no es decisoria ni sirve para nada pierde el sentido y la motivación, y puede llevar a que se abandonen los procesos.
  3. Demostrar que la participación no está reñida con la eficacia: para mantener la motivación en los procesos es importante que estos sean eficaces, es decir, que consigan aquellos objetivos que se han marcado y que logren sacar adelante el trabajo necesario para ello. Lo colectivo es más lento, es cierto, pero debe también ser operativo si se quiere mantener la motivación de las personas participantes.